jueves, 24 de marzo de 2011

Soundtrack

De pronto, Diego despertó con las notas de una vieja canción sonando en el despertador. De pronto también supo que no sería un día como cualquier otro. Esa sensación de saber que algo pasaría, la expectativa de saber qué y sobre todo, de saber si sería bueno o malo. Sólo estaba seguro de que el día terminaría con una sonrisa, pero le incomodaba no saber si sería una sonrisa de tristeza o de alegría.

El día transcurrió con aparente normalidad y la expectativa fue agonizando hasta caída la noche, en la que irremediablemente murió y Diego se veía camino a casa a bordo de un taxi. Buscaba al parecer ese “no se qué” al mirar por la ventana del vehículo mientras las calles pasaban velozmente una tras otra mientras recordaba aquella vieja canción con la que había iniciado su mañana.

Bajo las luces y la melancolía de la ciudad encontró entre tanta gente perdida, un rostro conocido, un nombre de la adolescencia y un amigo inolvidable: Daniel. Casi por inercia, sacó de su billetera un Valdelomar, y dejándolo caer en manos del conductor bajaba presuroso del taxi.

- Huevón, a los años. ¿Qué es de tu vida?

Daniel tardó unas milésimas de segundos en reconocer a ese amigo al que no veía hacía más de 7 años pero cuando lo hizo, el mundo pareció retroceder hasta cuando terminaron la secundaria.

- Trabajo acá en Angamos, a 4, 5 cuadras. ¿Tú? ¿Qué es de ti?
- Nada, me estaba yendo a mi casa pero como vi un pata con cara de huevón, te reconocí y me bajé.

Caminaron unas cuadras y el destino lo dijo todo. Semáforo en verde, el sabor del fuego consumiéndose con cada bocanada y una calle llena de bares. La noche era una rubia vestida de verde que se encargó de aflorar los mejores recuerdos de probablemente la mejor época de sus vidas.

- ¿Qué fue lo que le escribiste a Karen? ¿Te acuerdas? – preguntaba Diego con un tono burlón.
- “Las mañanas sonríen cuando tus ojos las iluminan con su brillo”.
- (risas) Con ese floro con razón te mandó a la mierda.
- (risas) Sí huevón, uno pensando como idiota algo bonito para que una “super golfa” como ella venga una y me cancele.

Diego había estallado en risas al recordar que en su adolescencia, el término “super golfa” era el calificativo que usaba Daniel para todas mujeres que lo habían rechazado, por golfas, por putas, o probablemente por sensatas.

- Me acuerdo que me tenías huevón todos los días diciéndome que sacara en guitarra El espejimo… porque según tú, el F la había escrito pensando en ti.
- (risas) ¿Te acuerdas? Era mi himno. ¿Y qué fue de tu basura de guitarra, la sigues teniendo?
- Obvio, es reliquia histórica. Si siempre me acuerdo cuando nos metimos una bombaza según nosotros para ponernos creativos y escribirle una canción a tu “super golfa” que ni siquiera me acuerdo cómo se llamó.
- (risas) La que no tiene nombre. Yo me acuerdo el título nomás porque todo lo que escribimos después se volvieron lagunas al tercer “berraco”.
- Fue una bombaza, terminé vomitando hasta lo que no había podido cagar en la tarde... Huevón!! – exclamó como si algo lo hubiese exaltado. Eres un recontra huevón, esa vez que, de todos, te invitó solo a ti a su cumple y no quisiste ir.
- ¿Estás con los recuerdos? –respondía Daniel mientras soltaba una carcajada y daba una larga pitada a su cigarro. Las flacas como Karen vienen y van, pero un Carty en parque con los patas no tiene precio.
- Tranquilo MasterCard. Ahí se te pudo hacer y la cagaste.
- Fácil, pero si tenía que ser, iba a ser, sino, igual siempre hay muchas “super golfas”.
- En la mañana justo me acordaba de la reu que hizo Karen ese 14 de febrero en su casa. Cuando medio ebrios empezamos a cantar...
- ...Maracas - interrumpía Daniel - "tú la guitarra y yo maracas, ella 15 y nosotros 16" - cantaba. Qué buenas épocas de mierda, huevón, si ese día hasta terminamos cantando esa mariconada de Camila.
- (risas) Claro, peor que borracho necio es terminar borracho romántico - exclamaba. Alucina que la otra vez hablé con Natalia y nos acordamos del tono en su jato, de esa vez que te le mandaste y como te canceló te agarraste a su hermana.
- Sí, fue la cagada. Yo no sabía que la hermana quería conmigo y después del agarre empezó a decir que estábamos - recordaba Daniel con una carcajada.
- Ese día fue la cagada, si de asado y necio terminaste cantando sólo: “Necesito olvidarte, estoy a punto de odiarte, pero nuevamente es viernes me traiciona la razón. Porque nada es suficiente, si estar mal es lo de siempre seguiré mezclando ganas con alcohol”.
- (Risas) Te acuerdas solo de las veces en las que yo salgo cagado. ¿Y tú? Que te gileabas a todas pero al final no estabas con ninguna .
- ¿Para qué?– respondía Diego. No soy como tú, que no puedes vivir sin flaca. Eres alérgico a la soltería, sino se te pone peluda la mano. La soledad es libertad… - en ese momento algo lo interrumpía. Lo llamaban al celular. La soledad es libertad, pero no se puede ser libre todo el tiempo– concluía con una sonrisa mientras se paraba de la mesa para contestar la llamada.
- Quién diría. El que decía que las flacas estaban locas y que no se podía estar con ninguna… - se burlaba Daniel.
- Lo sigo diciendo, y la mía también está loca, como todas, pero qué se hace, tarde o temprano toca – respondía Diego mientras se alejaba del bullicio para que su excusa sea más creíble.

-Hola ¿qué tal? … Bien, aquí, me encontré con un amigo que no veía hace años y estamos tomando unos tragos… Karen, ya, ¡cálmate! Es un amigo que no veo hace tiempo. Ya nos vemos mañana.

Diego regresaba al bar mientras guardaba su celular en el bolsillo y con un gesto le indicaba al mozo que llevara tres cervezas más a la mesa.

Adentro la gente respiraba recuerdos mientras desde afuera se escuchaban dos voces notablemente quebradas y aletargadas por la ebriedad entonando: “Cantinero, dos serpentinas bien helenas al polo campo. Me hace falta un sencillo, no hay problema, la casa invita…”

martes, 8 de febrero de 2011

Donde estés

Me dejaste un adiós, dejaste a mis brazos esperando cruzarse con los tuyos y saber que así sería. No sólo me dejaste eso, sino también recuerdos inconclusos que tuvieron finales forzados por mi mente.

Seis años no fueron poco, pero tampoco fueron mucho, de hecho, a veces creo que no fueron nada, menos aún cuando uno no sabe que parte de su vida tiene una fecha de vencimiento.

¿Que cómo estoy? Es muy tarde para preguntar, ¿no lo crees? ¿Cómo estarás? No creo que deba saberlo, no creo que quiera saberlo, y supongo que tú tampoco quisieras que lo sepa.

Algunos no están hechos para querer ni para cuidar de otro, mucho menos para cuidarse a sí mismos. Probablemente por eso nunca te juzgué, porque así eras. Cada camino tomado siempre parece ser peor que el que hubiésemos querido tomar cuando la única que parece tener razón es la retrospectiva.

Me hubiese gustado aprovechar cada momento, cada abrazo, cada mañana al despertar y cada noche esperando por ti. Me hubiese gustado que no te fueras, que no te fueras nunca. No sé si tengo algo que agradecerte, o algo por qué odiarte. Pero al menos, como dice mamá, nos diste, sin quererlo, los mejores regalos que hayamos podido recibir. A ella, alguien por quién vivir, y a mi, al menos la mitad de lo que debí recibir, media familia.

¿Que cómo estoy? Haciendo lo único que puedo hacer por ti. Escribiéndote una carta que nunca leerás, preguntándome tantas cosas y obteniendo ninguna respuesta. ¿Cómo estarás? Espero que, donde estés, cerca, lejos, vivo o muerto, sonrías al menos una vez al día, porque, gracias a ti, entendí que hay sonrisas de tristeza, de nostalgia, de felicidad, y sinceramente espero que al menos una de ellas pueda esbozarse en tu rostro, donde estés.

domingo, 30 de enero de 2011

A veces

A veces el camino resulta más dificil de lo pensado, algunas otras, mucho más facil de lo que debería, por lo que nos preguntamos si realmente es el camino correcto. A veces eso no nos interesa y lo seguimos recorriendo para no perder el "tiempo invertido", sin darnos cuenta que el tiempo lo seguimos perdiendo al recorrer un camino perdido.

A veces quisiera volver a tener 8 años, y poder vivir mis días, tardes y noches en el parque, con mis amigos, sin problemas y siempre sonriente al desconocer el mundo. A veces quisiera madurar un poco, pero después entiendo que al hacerlo, no sería yo.

A veces, lo único que necesitamos, es caminar sin rumbo, sintiendo la brisa penetrando nuestros sentidos, sólo guiados por las luces de la ciudad, y por toda esa gente alrededor que sí parece saber a dónde ir. A veces, lo que necesitamos es llegar a casa cansados, dejarnos caer sobre la cama y escuchar una buena canción mirando al techo mientras detenemos el tiempo por 3 minutos.

A veces, cuando la soledad toca nuestra puerta y evitamos atenderla, aún sabiendo que no se irá, lo único valioso es una sonrisa, tuya, mía, o incluso de algún desconocido.

A veces necesitamos estar solos, tristes, sin nadie a quién buscar ni llamar, sin nadie a quien extrañar. A veces necesitamos estar acompañados, felices, sabiendo que tenemos alguien a quién buscar para que con sólo unas palabras, esto valga la pena. A veces quisiera estar solo. A veces quisiera estar contigo. A veces quisiera estar con ustedes. A veces, tan solo a veces deseo que sea para siempre.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El Faro

18/12/08

- Manu, ya pues, ¿qué haremos con los chicos antes que te vayas?
- No sé, ya vemos después, igual ni que me fuese toda la vida. Solo voy a pasar Navidad con mi viejo y vuelvo.
-Así te vayas un día, igual queremos despedirte. No vaya a ser que te enamores de alguna cruda y te quedes. Además, ni siquiera quieres decirnos cuándo te vas, así que tenemos que aprovechar todo lo que se pueda.
- (Risas) Ay, monga, más dramática. Por eso tu fan te para escribiendo fresadas, porque sabe que te gusta hacer novela de todo.
-Ay, qué pesado eres. Ya vas a comenzar. Por las puras les cuento.
- (Risas) Pero por lo que nos dices, te tiene bien en alto ¿no? De hecho que no te conoce, sino... O facil a la hora de escribir el mail se equivoca de contacto y te lo manda a ti.
- Manu, no jodas. Voy a almorzar, cualquier cosa me avisas. Chau.
- Yap, nos vemos.

Me llamo Alejandra, tengo 17 años, y él es Manuel, mi mejor amigo y también tiene 17 años. Vivimos muy cerca el uno del otro, nos conocemos desde la secundaria, acabamos de terminar el colegio y lo único que queremos por ahora, como cualquier adolescente que termina el colegio, disfrutar nuestras vacaciones, salir con nuestros amigos y pensar qué queremos hacer con nuestras vidas.

Esa misma tarde Manu me texteo para ir a caminar al parque Raimondi con los chicos, específicamente al lugar que fue nuestro "point" desde nuestros primeros años en la secundaria: El Faro. Fuimos Daniel, Gerardo, Aracely, Manuel y yo, o, como les decimos de ¿cariño?: Cabeza, Pezuña y Lobacely, respectivamente. ¿Que si somos buenos amigos? Sí, lo somos. De hecho nunca conocí personas tan buenas y tan nobles como ellos. ¿Que qué hacemos ahí? Pues caminar, sentir la brisa del mar penetrando nuestros sentidos y sobre todo, sonreír. Sin embardo, esta salida no fue como otras. Por más que queramos negarlo, lo extrañaremos, y por más que nos contemos lo bien que la queremos pasar este año nuevo, todos sabemos que sería mejor si él la pasara con nosotros.

- Ya no se sean tan nenas, que así me vaya una día o 3 años, los voy a extrañar.
A ti, Cabeza, porque ya no voy a tener a quién ayudar a vomitar en las reus. A ti Pezuña, porque, puta madre, a ti no creo que te extrañe mucho porque lo mejor de no verte es no tener que oler tus patas. Tú, Lobacely, cuidado el 31 que fácil cuando vuelva ya estás con paquete. Y a ti, monga, sí, fácil sí te extraño un toque. De hecho, lo mejor de ya no verte tooodos los días es que voy a poder extrañarte, y, con fe, tú también a mí.

Acabo de llegar a mi casa, estoy muerta, no se cuánto tiempo estuvimos caminando, probablemente el mismo tiempo que estuvimos diciéndonos lo mucho que extrañamos el colegio, -a pesar de haberlo terminado hace unos cuantos días- lo mucho que extrañaremos poder vernos a diario, poder mandarnos mensajes de texto estando a dos metros de distancia, de hecho, cuánto extrañaremos saber que ya no podremos regresar a casa juntos saliendo de clases, bromeando, repartiéndonos las tareas para poder salir por la noche a caminar, como ha sido nuestra tradición desde que nos conocimos hace 5 años, al Faro.

De vuelta en casa, muero de sueño pero primero quiero twittear que extrañaré el cole. Al revisar mi correo veo que hay un nuevo mensaje del payaso ese que me escribe para molestar.

"Alejandra, espero que pases una feliz Navidad, y que el próximo año todo sea mejor para ti. Sé que te molesta que te escriba, y no te preocupes, esta será la última vez que lo haga, porque duele saber que me lees, pero que no quieres responderme. ¿Pero, sabes? No todo será malo. Lo mejor de ya no escribirte será que podré extrañarte, y que, con un poco de suerte, tú también podrás extrañarme".

- ¿Qué? ¡Carajo! - pensé- ¡No me jodas!. Nada tenía sentido. No podía ser. Intenté llamarlo a su celular y no contestaba y era muy tarde para ir a buscarlo. Mañana por la mañana iré a verlo y tendrá que explicarme por qué.

19/12/08

- Señora, ¿qué tal? ¿Estará Manu?
- Ya se fue -
me respondía con una voz resignada y quebrada , fatídicamente complementada por una media sonrisa.
-¿Qué? ¿A qué hora?
- En la madrugada. Fuimos al aeropuerto a despedirlo.
- Nunca nos avisó - le respondía sorprendida, sin saber qué pensar, sin saber qué hacer, sin siquiera terminar de procesar toda la información recibida en las últimas horas.
- Sí, ya sabes cómo es, no le gustan las despedidas y eso. Tampoco quería que lo acompañaramos.
- Y, ¿sabe cuándo vuelve? -
interrumpí ansiosa.
- Cuando termine sus estudios, se supone - me decía casi balbuceando.
- ¿Cómo? ¿No se fue a pasar solo las fiestas con su papá?
- No, sí se fue con su papá, pero a vivir con él mientras estudia en la universidad.
- Gracias, señora. Hasta luego -
atiné a decirle presurorsa, yéndome sin siquiera saber a dónde.
- Cuando llame, le diré que viniste a buscarlo - me decía a lo lejos mientras yo buscaba un rumbo, un norte, mientras me buscaba a mi dentro de un recuerdo aún vigente.

Una vez procesada toda la informacion, lo primero que hice fue ir a buscar a los chicos y contarles que Manuel se había ido, antes de tiempo, y sin fecha de regreso. Esa misma tarde fuimos de nuevo al Faro, a caminar, a pensar, cruzando algunas pocas palabras. "¿Cómo pudo ser tan imbécil de escribirme tanto tiempo y de no decirme nada teniendome todos los días al frente? - pensaba odiándolo y extrañándolo a la vez.

Desde ese día no supimos más de él, aprendimos a extrañarlo, aprendimos a escribirle mails y a no obtener respuesta. Sin embargo, con el tiempo, también aprendimos a aceptar que aquellas tardes frente al mar parecían un viejo sueño que había que olvidar si lo que queríamos era afrontar el futuro: La universidad, la inminente separación del grupo pues cada uno estudiaría carreras diferentes, en universidades diferentes, por lo que, nuestras ahora esporádicas visitas al malecón se convirtirían - y de hecho se convirtieron- en un lejano recuerdo y en nostalgia al sentir la brisa del mar.

Sin embargo, y a pesar de los años, procuramos no perder contacto. Daniel, Gerado, Aracely y yo nos escribimos por Facebook - Manuel nunca quiso crearse uno. Por un tiempo, nos llamamos para acordar una que otra salida cada dos o tres meses, y sobre todo, los cumpleaños, que al menos para nosotros, eran, son y seguirán siendo sagrados. Si había algún día seguro en el que recibiríamos la llamada de los otros tres, era en nuestro cumpleaños.

Hoy cumplo 22 años, estoy tarde para ir a la universidad. Los saludos de mi familia me han retrasado 30 minutos y me he retrasado otros 20, hablando por teléfono con Cabeza, Pezuña y Lobacely, quienes me prometen ir a visitarme hoy por la noche. Me baño y me cambio en exactamente 18 minutos, tomo un jugo de papaya en dos o tres sorbos y salgo apuradísima. Abro la puerta y:

-Monga, feliz cumple - me decía Manuel, súmamente cambiado, pero con esa misma naturalidad de siempre. ¿Me dijo mi mamá que me buscabas?

domingo, 14 de noviembre de 2010

Bang !

Llevo 6 años haciendo este trabajo. Debo admitirlo, al principio no fue facil. La sangre, el temor, la culpa, la habilidad misma que requiere mi profesión fueron un problema al inicio.

Con el tiempo todo fue mejorando. La sangre dejó de ser un problema, a menos, claro está, que salpicara hacia las ropas que he comprado con el dinero ganado desempeñando con habilidad mi labor. El temor se volvió rutina y la culpa simplemente un gaje más del oficio.

No me puedo quejar, la tarea es sencilla y la paga más que buena. tengo una buena vida y sí, es probable que más de una vez el remordimiento haya puesto lugar en mi corazón. Pero, tener corazón, en este trabajo, es ser un fracasado.

En mi haber llevo más muertes de las que me gustaría aceptar, o en todo caso, más de las que me gustaría recordar. Con apenas 23 años he visto lo mejor y lo peor de esta ciudad, lo mejor y lo peor de cada persona a la que se me ha encargado quitarle la vida. Pero sobre todo, he visto lo mejor y lo peor de mi.

Cuando pensaba que ningún nuevo trabajo podría atentar contra mi profesionalismo, llegó a mis manos la información de mi próximo cliente. Era nada más y nada menos que aquella chica, ahora ya mujer, que me había, no solo destrozado el corazón, sino humillado y casi incitado al suicidio por la infinidad de decepciones y lágrimas derramadas en mi adolescencia. Esta chamba la hago gratis, y hasta pagaría por hacerla yo y no dejar que nadie más la haga - pensé.

Después de unos días de seguimiento, tengo un registro detallado de tu rutina. Sé a qué hora te despiertas, sé cuánto tiempo tardas en ducharte y cuánto tiempo en llegar al trabajo. Sé también cuánto tiempo estas ahí y cuánto tiempo demoras en tomar el bus de regreso a casa. Es ahí donde se producirá nuestro tan ansiado encuentro, y donde por fin, podré mirarte a los ojos y mostrarte en qué me he convertido. No sería justo decirte esto, pero igual me gustaría hacerlo: "Hoy, soy lo que soy por ti, porque todo lo bueno que pude haber sido y hecho se fue a la mierda por ti".

Llegado el día, siento una extraña sensación en el pecho, de esos nudos que no nos dejan respirar y que apenas nos permiten tragar la saliba. Aquella sensación que no sentía desde mi primer encargo, pero no me pagan por sentirme culpable, sino por solucionar problemas, y en este caso, ella era el problema.

- Melissa, a los años.
- Miguel - articulaba con aparente sorpresa. ¿Qué ha sido de tu vida?
- Aquí pues, pasándola.
Cuando me disponía a sacar la pistola con silenciador y terminar con su vida, algo me impidió hacerlo. No se si la nostalgia, no se si aún sentía algo por ella, o si simplemente no era capaz de matar lo único que quedaba vivo de mi pasado.

- Oye, me tengo que ir, ahí está mi carro. Cuidate, qué gusto verte de nuevo, en serio - me dijo con una tierna sonrisa mientras estiraba su brazo para detener el bus que la llevaría a su casa.
- Melissa - le dije con voz fuerte para llamar su mirada hacia mi.

BANG !

Lo siento, pero si no lo hubiese hecho yo, alguien más hubiese venido a realizar la tarea en mi lugar y no podría vivir en un mundo en el que tú ya no estás.

Su cuerpo caía sobre el pavimento, mientras el bus, en medio de la noche, seguía su camino sin percartarse de lo que ocurría en el paradero donde Melissa y yo nos encontrábamos.

Lo siento, como ya dije, no podría vivir en un mundo en el que tú ya no estás.

BANG !


domingo, 31 de octubre de 2010

Halloween

La fiesta había sobrepasado sus expectativas. Carla había ido a Barranco con un grupo de amigos y la había pasado como nunca en aquella fiesta de Halloween. A las 2:34 salían de la discoteca, y esperaron por más de 20 minutos un taxi cuyo conductor sea confiable, o que al menos para ellos, en su ebriedad, lo aparente. Esto se debía a que Carla vivía en Jesús María y sus amigos en San Borja, Surco y Lince, por lo que irían quedándose en el camino y ella sería la última en bajar el vehículo. El elegido fue un taxista de unos 60 años, con voz noble y dulce semblante.

El camino desde Barranco hasta Jesús María, era considerable, por lo que el taxista inició una conversación con Carla para evitar que se duerma. Él le contaba que en sus épocas las fiestas de Halloween o de la Canción Criolla no eran como las de ahora. Tal vez sí en las criollas, en las que una guitarra, un cajón y mucha cerveza aseguraban una agradable resaca con sabor a peña.

Carla intentaba seguir la conversación pero el sueño era más fuerte. “Desde hace unos años, mi hijo y yo salimos los días como hoy y aprovechamos la fecha para pasarla juntos y hacer algo como padre e hijo ya que no podemos salir muy seguido”. “Ah, qué bueno por usted y su hijo. ¿Y hoy qué hicieron?", preguntaba ella. “Todavía nada –respondió él- Pero usted nos va a ayudar”.

Somnolienta, volvió en sí al escuchar eso. Con una sonrisa nerviosa y manos sudorosas preguntó a qué se refería. Él, ahora con una voz ya no tan noble y con un semblante aún menos dulce le contaba que su hijo se había escapado de la cárcel hace algunos años y que se escondía en su casa. Que la única fecha en la que podía salir y aprovechar el tumulto de la gente y el alboroto en las calles era el 31 de octubre.

"Señor, aquí está bien, bajo" – suplicaba Carla, presa del miedo. De pronto, el auto frenó en seco, y el taxista, girando su cuerpo hacia ella, decía con voz fúnebre: “Vamos a parar aquí, pero usted no se va a bajar”. Mientras Carla intentaba entender qué era lo que quería decir el taxista, la puerta izquierda trasera se abría, y entraba en el auto un hombre de unos 35 años, robusto y con ojos desorbitados. El auto volvía a arrancar mientras el desconocido cerraba la puerta por la que acababa de entrar.

Con lágrimas brotando sutilmente, pero fingiendo una total entereza, Carla gritaba: "Señor, ya le dije que me bajo, no le estoy pagando para que deje subir otras personas ni para que esté diciéndome tonterías”. Esas fueron sus últimas palabras antes de perder el conocimiento por un fuerte golpe propinado por el desconocido.

(…)

Lentamente Carla abría los ojos, el dolor causado por el golpe era insoportable, pero al menos no estaba muerta, aunque en ese momento hubiese deseado, con todas sus fuerzas, estarlo. “Por fin muñeca, no me gusta que se desmayen cuando ni siquiera he comenzado”.

Carla intentaba reincorporarse y saber qué pasaba. Ya no estaba en el auto, estaba en una casa humilde, en una sala, recostada sobre un mueble, con el desconocido a su lado y, según los ruidos que escuchaba en una habitación contigua, había una persona más. No podía ser de otra forma, comprobó que era el taxista que salía de lo que era la cocina con dos botellas de cerveza y dos vasos. “Sírvete, hijo” – decía con la noble voz y el dulce semblante con el que Carla lo había conocido. El taxista se servía un vaso mientras encendía la televisión de la sala y aumentaba el sonido del mismo.

Carla lloraba y se maldecía por haber salido esa noche, por haber celebrado ese Halloween, probablemente, su último Halloween. El hijo del anciano, mirándola fijamente mientras la desvestía, parecía adivinar lo que ella pensaba. Mientras la ultrajaba y golpeaba le susurraba al oído “Tranquila muñeca, que sea Halloween no tiene nada que ver con esto. Siempre, sin importar el día, habrá alguien dispuesto a hacerte daño”.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Espero...

"Tal vez sea demasiado el tiempo que hemos pasado juntos. Tal vez sea sólo la suma de unos cuantos minutos. ¿Acaso importa? No sé tú, pero a mi lo único que me importa es poder perderme cada día en tu mirada, encontrar paz en tu sonrisa y saber que, para mi beneplácito, Dios se ha equivocado conmigo al darme mucho más de lo que merezco al ponerte en mi camino.

No hay día en el que haya dejado de demostrarte que soy yo aquel con el que debes estar, que soy yo aquel capaz de dibujar una sonrisa en ti y de robarte un beso al mismo tiempo. Porque desde que te conocí supe que eras tú aquella con la que quería estar, aquella capaz de ser, no necesariamente todo lo que buscaba, sino más bien, todo lo que necesitaba para vivir.

¿Hace cuánto que nos conocemos? Exacto, mucho menos tiempo del que quisieramos. Pero tranquila, aún nos queda algo de tiempo, a ti, para abrazarme no cuando quiera, sino cuando más lo necesite, y a mi, no para amarte siempre, sino para no dejar de hacerlo nunca.

Espero haberte dado, al menos, la mitad de felicidad que tú me has dado a mi. Espero ames tanto, como yo los tuyos, mis abrazos al dormir. Espero ames verme dormir, y sobre todo, como yo contigo, espero ames ser lo primero que yo vea al despertar.

No todos los días se cumplen 73 años, así que, además de desearte un feliz cumpleaños, deseo, como he deseado desde el primer momento, ames estar a mi lado tanto como yo a tu lado. ¿Que si estamos viejos? Tal vez, pero tranquila, aún nos queda algo de tiempo, a ti, para abrazarme no cuando quiera, sino cuando más lo necesite, y a mi, no para amarte siempre, sino para no dejar de hacerlo nunca".